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DISCURSO DE ORDEN EN LA XXXVI GRADUACION
DEL INSTITUTO TECNOLOGICO DE SANTO DOMINGO
ABRIL 19, 2008

De los sueños, los retos y las oportunidades

Señor Rector
Distinguidos Invitados.
Graduandas y Graduandos.
Profesoras y Profesores.
Regentes, Autoridades, Estudiantes y Empleados, miembros todos de la Comunidad
Inteciana.
Amigas y amigos presentes.

Cuando nuestro Rector me comunicó la distinción de dirigir estas palabras a la comunidad inteciana en ocasión de esta 36ava graduación advertí que me presentaba una oportunidad y un reto: comunicarme con los pr otagonistas principales de esta solemne fiesta académica, ustedes, esforzados y apreciados graduandos y graduandas. Reto y oportunidad porque, en su mayoría, nacieron en la segunda mitad de la década de los ochenta, cuando ya, en ese momento, nuestro Rector, nuestro Vicerrector Administrativo y Financiero y quien les habla, realizábamos ya nuestros estudios postgraduados en los Estados Unidos. Habíamos llegado allí formando parte de poco más de una veintena de egresados y miembros de nuestra querida colmena que como diáspora temporal distribuida por las universidades y estados de la Unión
Americana, habíamos sido enviados con la misión de desarrollarnos mediante estudios avanzados para fortalecer, a nuestro regreso, las capacidades académicas del INTEC. Una iniciativa de nuestro actual Rector, continuada luego por nuestro Vicerrector Administrativo y Financiero y por quien les habla, se propuso mantenernos comunicados y unidos como grupo de expatriados académicos, entre nosotros y, a su vez, con el INTEC al cual soñábamos retornar. Se trató de un boletín fotocopiado y distribuido por correo tradicional, que llegó a más de una docena de ediciones. Me parece adivinar, sin tener que mirarlos, una sonrisa nostálgica y satisfecha en Miguel, nuestro Rector, y en Iván, nuestro Vicerrector. Es más, no se si al presentarme este reto y esta oportunidad el Rector lo hizo como una especie de travesura para hacerme recordar aquellos tiempos de sueños compartidos.

No todos los que nos fuimos con aquel reto y aquella oportunidad regresamos, y de los que regresamos, no todos estamos hoy en el INTEC. Pero los tres que he mencionado, incluyéndome, quienes estuvimos entre los más activos y comprometidos con aquel boletín con el significativo nombre de ”Somos parte del futuro de INTEC”, estamos aquí, activos y comprometidos con nuestra universidad. No es casual que haya resultado así. En la oficina de uno de nuestros egresados, quien fuera por un tiempo coordinador de nuestra carrera de contabilidad, aprendí de uno de sus afiches que “No hay logro humano significativo que no haya sido antes un sueño”.

Pero es el caso que aquí me encuentro, a veinte años de aquellos tiempos de sueños con ser parte del futuro de INTEC, dirigiéndome principalmente a ustedes, queridos graduandos, graduandas, quienes en su mayoría tienen poco más de veinte años de historia. Qué reto (¡y qué oportunidad!) para mi, producto de la llamada generación de los años 60, dirigirme en un momento tan especial a ustedes, integrantes de la Generación Y , término acuñado para referirse a quienes nacieron entre 1984 y 1994, alternado con el de Generación Why, porque esa palabra además de tener una Y, alude al carácter crítico común a la mayoría de la generación. O con el de Generación Internet , porque además de que a duras penas puede tener recuerdos de niñez de la Guerra Fría, creció al compás del auge tecnológico de la Internet, la transición del DOS al Windows, y el jugar primero con el ya arcaico Atari hasta más recientemente con la Xbox 360 y la PlayStation 2 .

Por eso, este representante de la Generación del 60, al tener la oportunidad de hablarles a ustedes, representantes de la Generación Y, enfrenta el reto de sobrepasar la brecha generacional, que es en gran medida comunicacional. Albert Camus, el controvertido escritor y filosofo francés, Premio Nóbel de Literatura en 1957, quien tanto influyó en mi generación, dijo una vez que “Algunas personas hablan mientras duermen, los conferencistas hablan mientras los demás duermen.” Esta oportunidad es para mí el reto de pensar en qué decirles desde mi generación y cómo decírselo sin provocarles el sueño. Yo que me siento ingenuamente orgulloso de estar a tono con la época por usar varias veces al día el correo electrónico y tener un blog que actualizo muy de vez en cuando, que apenas he experimentado un poco con
Facebook y nunca con MySpace, que uso el celular casi exclusivamente para hablar y no para subir videos a YouTube, que si rara vez envío mensajitos los escribo con el índice, lentamente, y no con el pulgar, a la velocidad del joystick y que todavía veo mis programas de televisión por el aparato tradicional y no en la pantalla del computador.

Si en lugar de enmarcarme en el hiperempirismo anglosajón que categoriza en términos de generación de los 60, generación X, generación Y y así por el estilo, les hablo en términos más eurocéntricos y, así, racionalistas, ¿qué puedo decirles como producto social del modernismo
a ustedes, criaturas post-modernas? Curiosamente, la denominada arritmia histórica de la sociedad dominicana me brinda la oportunidad de poder hablar del modernismo a los postmodernos porque aun ahora, aun en el Siglo XXI, el tema y el propósito de modernización se nos presenta como reto, está en boga y capta la atención en nuestro país.

La modernidad, sabemos, históricamente emergió con el Renacimiento, en el siglo XV, y cobró fuerza con el encuentro de mundos tras la conquista y colonización del continente americano por los europeos, desde 1492, y con la Reforma Protestante, desde 1517. Alcanzó su apogeo con el movimiento de la Ilustración que alumbraría la Revolución Francesa, en 1789, cuando para muchos historiadores inicia la Edad Contemporánea. Los valores de la modernidad: el progreso, la razón , la libertad y la igualdad, conjugados, seguirían presidiendo las aspiraciones de los más amplios actores sociales por los siglos XVIII a XX. La modernidad produjo, principal y fundamentalmente, un tipo orden institucional imbuido por sus valores dominantes que hoy prevaleciente en la mayoría de los países desarrollados constituye un verdadero patrimonio de la humanidad. Y es en ese orden institucional que se ha producido el progreso sostenido y en beneficio de las amplias mayorías de la población.

El valor del progreso ha implicado un sentido de destino de mejoramiento en las condiciones materiales de existencia y en la misma condición humana. Este progreso como destino inmanente a la historia humana se apuntalaba en la razón, ya teórica, en el pensamiento, ya sustanciada en la técnica y la tecnología, en la práctica social, pero, en cualquier caso, era posible en un contexto de libertades individuales en un Estado de derecho. Es así como para el influyente sociólogo francés Jacques Derrida el modernismo es un estado siempre porvenir, cuyo fin es llegar a la modernidad. Podríamos decir, entonces, que el modernismo es el reto
de lograr la modernidad como oportunidad histórica. Esta modernidad implica un proceso socio-económico de industrialización y tecnificación, cuyo paradigma lo ha sido la revolución industrial o, para ser más precisos, las sucesivas revoluciones industriales que se han sucedido desde aquella primera de mediados del Siglo XVIII, hasta la presente revolución digital con las telecomunicaciones, la informática, la robótica, la biotecnología y la nanotecnología. Si bien los resultados materiales de esos procesos tecno-económicos son importantes y cruciales, tanto que para algunos, ellos son la modernización, cierto es que para los pensadores más lúcidos
del modernismo, como para los intereses cotidianos del ser humano común, no son más que medios, habilitadores de una vida social más rica y satisfaciente de nuestras necesidades y aspiraciones humanas. De esa manera, no debemos confundir la carreta con los bueyes…los medios y los fines. La gran promesa modernista de la modernidad, el progreso, implica lo material pero como recurso para la mejora de las condiciones de existencia y de la propia condición humana (social, cultural y política) en el contexto de un orden institucional que se erige como el verdadero garante del logro y disfrute de la felicidad, como proponían los fundadores de la nación estadounidense, o como decimos hoy, de mayor calidad de vida.

Y aquí tengo entonces que hablar del postmodernismo al cual me he atrevido a adscribirlos a ustedes, siguiendo las prescripciones socioetnográficas dominantes. El término postmodernismo
se popularizó a partir de la publicación de La condición postmoderna del filósofo y literato francés Jean-François Lyotard en 1979. Más recientemente, el filosofo y político italiano, Gianni Vattimo, especialmente, aunque no únicamente, en su obra El fin de la modernidad, de 1985, nos indica que la postmodernidad supone el paso del pensamiento fuerte de la modernidad con sus grandes verdades y sus valores, sus cosmovisiones filosóficas, sus ideologías políticas bien delineadas y sus creencias verdaderas, al pensamiento débil, descreído y escéptico, llegando a una modalidad de nihilismo débil. La postmodernidad viene a ser, entonces, el periodo de la cultura occidental iniciado en el último tercio del siglo XX en el que se debilitan los valores racionalistas y el optimismo progresista de la modernidad. Periodo en el que, según Francis
Fukuyama, politólogo estadounidense de origen japonés, hemos llegado al fin de la Historia como lucha entre ideologías; ideologías que son sustituidas llana y simplemente, por la economía. Es como si llegáramos al fin de los sueños de las ideologías quedando simplemente a expensas de las frías realidades económicas.

Según estas líneas de pensamiento sobre nuestros tiempos, sus tiempos, queridas y queridos graduandos, mientras los modernos nos caracterizamos por ser románticamente optimistas, ustedes son precavidamente escépticos, mientras mi generación ha sido ideológicamente alineada, los postmodernos son críticamente relativistas; antes abrazábamos la racionalidad, hoy se tiende al misticismo y otros esoterismos; los sesentinos nos volcábamos a lo público, mientras los postmodernos se refugian en lo privado. Y podríamos seguir con este pari passu.

No creo que esto sea tan así. Con todo respeto y sin negar los contrastes, creo que hay algo de caricatura en ello. En todo caso, prefiero creer que todos, mi generación y la suya, ustedes y nosotros, nos movemos tal vez subrepticiamente, pero decisivamente, hacia la transmodernidad. No puedo negar que hay un sello hegeliano en mi enfoque. Más que inscribirme en las particularidades de los enfoques de Enrique Dussel o de Ziauddin Sardar, comparto con ellos el pensar en una superación dialéctica de tanto el modernismo como el postmodernismo.

Vuelvo a remontarme 20 años atrás, a mis tiempos de estudiante doctoral, y tomar en préstamo las palabras de Paul Kurtz, hoy profesor emérito de la State University of New
York, cito: “Rechazar totalmente la ´modernidad´ y el grupo entero de ideales de la Ilustración es imposible. Porque es tanto lo que les debemos que no los podemos abandonar. Sugiero que debemos usar los mejores de los ideales de la Edad de la Razón, pero adaptándolos al mundo contemporáneo. Las contribuciones fundamentales de la modernidad son todavía significativas, pero quizás sólo como una ´postmodernidad´ o como un nuevo renacimiento humanista. necesitamos una reconstrucción del conocimiento y de los valores humanos, no una reconstrucción;, una revisión y no una ridiculización de las potencialidades humanas. Necesitamos reafirmar algún optimis mo ac erca de la condición humana en lugar del reinante
pesimismo.”

Si lo que les propongo les hace algún sentido, aterricemos todo esto a lo que serían las cuestiones de esta transmodernidad en nuestro aquí y ahora. En nuestra arritmia histórica tenemos pendientes muchas asignaciones de modernización que otros países han cumplido con mucha antelación. Nuestra ventaja, pese a nuestros retrasos, bien puede estar en aprender de las lecciones históricas y hacerlo con un pensamiento renovado, es decir, transmoderno. La humanidad, con el postmodernismo, ha venido a reconocer que la expresión más visible de la modernización, las aplicaciones ostensibles de la tecnología mostradas en los productos industriales y las obras de infraestructura, son parte de la modernización, pero ni remotamente constituyen lo esencial o profundo de la misma.Qatar y Dubai, entre otros de los emiratos de la península arábiga, pueden deslumbrarnos con sus enormes rascacielos, sus deslumbrantes proyectos turísticos, sus islas artificiales y hasta sus mega parques industriales, y qué bien que aprovechen así sus inmensas ganancias provenientes de sus riquezas petroleras. Pero en términos de la vida social e institucional tienen mucho de pre-modernos, es decir, de autoritarismo, dogmatismo, de precariedad de los derechos humanos y laborales, de supresión o de importantes limitaciones a la diversidad cultural, política y religiosa.
La cuestión aquí es qué modernización queremos.

La que reivindique los valores del progreso, la razón, la libertad y la igualdad, en un ordenamiento político e institucional caracterizado por un Estado de Derecho, hoy con mayor respeto por la diversidad de todo tipo y origen y con amplia tolerancia de los desacuerdos, los
estilos y preferencias de las minorías de cualquier orden, en el que podamos perseguir el bienestar y la felicidad sin desmedro de la equidad, o la que se reduce a las manifestaciones más visibles pero que en modo alguno aseguran por si solos la vigencia de los valores rectores, de las instituciones garantes y de las oportunidades efectivas para lograr mayor calidad de vida y perseguir la felicidad.

Quiero, entonces, que me permitan terminar con tres invitaciones La primera, a ustedes que han tenido la oportunidad de completar ciclos de su formación que les hace parte de una elite profesional y pensante de nuestra sociedad, de asumir el reto de plantearse la modernización de manera transmoderna, con los valores y el optimismo de los modernos y la criticidad y la
apertura de los postmodernos. Que como Neo, acepten el reto de Morpheus de aprender la verdad sobre Matrix . Que puedan descubrir los códigos verdes de su engañosa programación.

La segunda, es la de comprometerse con el reto de lograr esa modernización, como críticamente la hayan definido, en las distintas oportunidades que su vida profesional y ciudadana les ofrezca. Y si asumiendo ese reto ven a nuestro INTEC como una oportunidad de que sea su nave Nabucudonosor vuelvan a ella como hacia Neo con una simple llamada telefónica.

La tercera es una invitación a disfrutar de la oportunidad humana de soñar, soñar con el futuro que quieren, para ustedes como ciudadanos y profesionales, en lo individual y para el país, en lo colectivo . Que puedan soñar sus retos como si sus sueños fueran el socket en su cabeza con el que Neo se conectaba para aprender sus artes marciales antes de llevarlas a la realidad o a
Matrix.

Y que lo hagan pensando en una de las frases famosas de George Bernard Shaw, aquella
en la que el Premio Nóbel de literatura en 1925 nos dice que: “Algunos hombres ven
las cosas como son y se preguntan porque. Otros sueñan cosas que nunca fueron y
se preguntan porque no.”

Felicitaciones, Exitos y … Muchas Gracias.

Julio Sánchez Maríñez